miércoles 25 de noviembre de 2009

El día del silencio


Héctor Chavarría


“Y, en serio, se debe estar loco, para emprender la inmensa tarea de cambiar el podrido mundo actual”, reza el narrador de El día del silencio, novela del costarricense Héctor Chavarría, publicada bajo el sello de Andrómeda. Si hay que estar loco, como asegura el narrador, para cambiar el podrido mundo actual, no hay que estar más cuerdo para caracterizar la locura urbana de la Costa Rica contemporánea, el desorden de ciudades construidas sin criterios estéticos, los vicios a los que el poder desmedido de unos pocos ha arrastrado a muchísimos; en fin, no es fácil describir a carta cabal la descomposición social del país (y del mundo, como Chavarría intenta a ratos) producto de las clases político-económicas dominantes.

La trama de El día del silencio, debido a que carece de grandes y abundantes acontecimientos dramáticos, no es difícil de resumir en pocas palabras (lo que sigue es un descarado spoiler para quien quiera leerla, pero es que el resumen total es necesario): un hombre nacido en alguno de los pueblos de la Costa Rica rural, debe mudarse a San José para que su vida trascienda y para que salga de la miseria a la que el pueblo podría condenarlo; en la capital, completa su educación formal, graduándose de ingeniero en sistemas. Con título en mano, entra a trabajar en una transnacional que fabrica componentes de computadoras; en este sitio, se da cuenta de que los pueblos están conducidos por una suerte de demoníaco poder económico, proveniente de un imperio que lleva sus maquilas a los países tercermundistas. Se rebela contra el sistema (que le permitió ahorrar una cantidad sustancial de plata, que deja a su familia para la manutención, no sabemos si a largo plazo) y, después de reclutar (con un sistema basado en el silencio y en el poder de una especie de magnetismo omnímoda) a una pandilla de jóvenes en el pretil de la UCR, con los que emprende un viaje iniciático por prácticamente todo el territorio costarricense, se da cuenta de la descomposición de la sociedad, la fealdad de la arquitectura, la invasión de las huestes imperiales. Tras el viaje, este sujeto, a quien se le llama La Esperanza desde el momento en que inició su viaje trascendental, esgrime un plan para tomar la Isla del Coco, desde la cual envía un mensaje al mundo: el silencio es la clave para el fin de los problemas de la humanidad. La Isla del Coco es rebautizada la Isla de la Esperanza, se funda un gobierno mundial con varios preceptos constitucionales, dando origen a la comuncracia; se realiza una jornada mundial de silencio puro, 72 horas sin palabra humana alguna; la armonía entre animales, hombres, edificaciones y dioses de quién sabe qué religiones o entes de quién sabe qué sistemas sociales y políticos, está asegurada con solo que los millones de habitantes del mundo cerraran la boca.

Fácil de resumir, pero muy difícil de digerir. Chavarría, en El día del silencio, pretende dejar claro el mensaje de que existe una fuerza en el universo capaz de conducir a los seres que encuentren ese tremendo impulso energético, a un estado de perfecta armonía, de hermosa paz, de bella esperanza. Los adjetivos anteriores no fueron puestos en vano: en la novela abundan epítetos como “bello”, “heroico”, “divino” y hasta “bendito”, para referirse a los seres que buscan la emancipación y la ejecutan, y para describir cada una de las actuaciones de la pandilla de jóvenes liderados por La Esperanza, aquel ingeniero en sistemas cuyo cerebro fue programado años atrás para perpetuar el funcionamiento de la maquila electrónica.

Si todo aquello que estos estudiantes universitarios y su guía u gurú ejecutan es exquisitamente celestial, todo lo externo (las instituciones, las creaciones humanas, los pensamientos) está tocado (casi) irremisiblemente por la mano diabólica de las transnacionales, el mil veces mentado Imperio, los políticos uniformemente corruptos. “Malvado” y “maldito” son dos adjetivos usados hasta la saciedad por el narrador (y por Chavarría, claro está) para definir todo aquello con lo que se topan los salvadores del universo... Eso de salvadores del universo es literal: la gavilla (como se le llama en muchas ocasiones, a lo largo de la novela) secuestra, después del periplo emprendido por el territorio nacional (a este respecto, el viaje al Cerro de Chirripó, punto más alto del país, en compañía del llamado Indio Toño, es particularmente importante, les permite ir encontrando el poder descomunal de la energía del silencio; este personaje se une a la pandilla y los acompaña hasta el final), una embarcación en Puntarenas, con la que se dirigen a la Isla del Coco, sitio en el cual instalan una red informática mediante la cual se comunican con el planeta entero, planteándole la necesidad de una inédita jornada de silencio. Estos seres sabios y grandiosos serán nada más y nada menos los responsables de enderezar los destinos de toda la población mundial.

Antes de este violento secuestro y la sucesiva toma del territorio de ultramar, se habían topado con un personaje que termina siendo crucial: Amadeo, un arquitecto que, años antes, había presentado a los sucesivos gobiernos costarricenses una serie de propuestas de reordenamiento urbano, acordes con los mandatos simples y claros de la Madre Naturaleza (sencillez, ausencia de pretenciosidad). La embajada de la Isla de la Esperanza va a tener su sede en San José; Amadeo es el embajador y enlace entre este pedazo de tierra y el mundo entero. La Embajada de la Isla de la Esperanza es —al igual aquello que la propia novela de Chavarría pretende denunciar— “un escape del estrés cotidiano, el alto costo de la vida, los engaños del Ejecutivo, la corrupción total, la charlatanería del Presidente y su gabinete, los chistes babosos, la vagabundearía, el cinismo, la entrega de la Patria, las subidas diarias del combustible, los impuestos, la globalización, el TLC…” Desde allí parten las órdenes, desde ahí se logra cambiar el mundo.

A la par de un argumento extravagante, se tiene el estilo no menos particular con que Chavarría nos narra esta serie de aventuras: sus descripciones tienden a perderse en un mar de indeterminación (efluvios energéticos que vuelan por los aires y nos tocan con su gracia); sus personajes hablan en un tono que parece sátira pero que termina siendo una monocorde manera de expresarse, grandilocuente y falsa; dos ejemplos, tomados de entre muchos otros, ilustran este punto:


“...ahora sí el pura vida lo siento dentro de mí; antes no, el oficio sin gusto, sólo apegado a la necia necesidad, te embarra de tristeza, desazón y estrés. Ahora soy diferente. Vivo, amigo. El lustre negro del betún es un rayo hacia metas sencillas y sublimes” (palabras de un limpiador de zapatos a Amadeo, en el Parque Central; p. 257)


“me desgarra el alma tu noble belleza, estás creada para otros mundos; tú, la Esperanza, tu carnal del alma, Mario, Jorge, Rodolfo y Katia, jamás serán comprendidos y menos atendidos por la jauría salvaje llamada ser humano.” (palabras de Amadeo a Laura, una de las estudiantes de la pandilla; p. 149)


Adicionalmente, el dramatismo de algunas escenas y algunas intromisiones del narrador se antoja excesivo; nos quiere dar una lección, nos quiere adoctrinar mientras nos enseña el paisaje de nuestra geografía:


“...hablen, negros de Limón, platiquen (…) En verdad, Limón querido, poco o nada le debes al tal banano. Si se hace una balanza es este el que te ha partido el alma en cien pedazos, envenenando los suelos y empobreciendo el alma y el espíritu de los limonenses” (p. 69)


“¡Oh, Guanacaste eterno! La perfidia humana marcó tu sagrado suelo de horrores, tus caminos abrazan la perdición total, malditas las huellas ingratas que te marcaron de deforestación y desidia...” (p. 72)


La novela de Chavarría puede ser leída como un libro de autoayuda novelado (todo está mal en tu vida; usá estas herramientas y saldrás del hueco), un manual de buenas costumbres (el silencio como precepto máximo, omnipotente), un libro dueño de una fina y bien lograda ironía (con un ¡PLOP! final antológico), un texto sagrado que debería marcar el recorrido futuro del hombre sobre el planeta Tierra (mesianismo; ascenso a los cielos, literalmente), impresión que se refuerza por la ausencia de un gran giro en la trama que permita la disención, el punto mínimo de maldad ante los abrumadores cambios positivos que la jornada de silencio produjo en todos los seres humanos de cada uno de los continentes. Cuando en Amadeo surge una ligera duda, se disipa con más y más palabras de paz, amor, solidaridad, perfección y belleza. Otra lectura: un libro de los buenos buenos contra los malos malos.


Esta edición: El día de silencio, Editorial Andrómeda (Costa Rica), 2008. 284 pp.

lunes 23 de noviembre de 2009

Historias de nunca acabar



A continuación, reproduzco la presentación introductoria a Historias de nunca acabar -Antología del nuevo cuento costarricense, publicada por la Editorial Costa Rica, y cuya impresión acaba de finalizar; es un trabajo que Juan Murillo y mi persona desarrollamos durante buena parte de los años 2008 y 2009, y cuyos resultados esperamos que sirvan para conocer la obra narrativa de una importante cantidad de escritores contemporáneos costarricenses, algunos ya bastante experimentados, otros más jóvenes pero con una obra que debe ser apreciada igualmente.

En el texto que sigue, se explican los criterios de selección utilizados, además del proceso arduo que permitió tener este trabajo final en las manos. Pronto también quedará a disposición de quien quiera leerlo, en las librerías del país.



Presentación

La efervescencia del periodo que nos toca vivir en la literatura costarricense es más que palpable: se publica, se debate, se hace uso de las tecnologías que permiten la inmediatez de comentarios en páginas virtuales dedicadas al tema literario —blogs, páginas de autor, periodismo cultural en la red informática. Con todo, se lee poco y, como asunto fundamental, se conoce poco del quehacer literario nacional, de sus creadores contemporáneos, de sus nuevas tendencias (si las hay). Los libros son gritos que se sueltan a un vacío público, en espera de oídos a los que lleguen esas vibraciones que generarán respuestas en ese que escucha; ¿qué son las antologías literarias? Reuniones de muchas gargantas que se unen en un grito más fuerte y sostenido que busca ser percibido clara y ordenadamente, marcas —arbitrarias, injustas, limitadas a veces— que dan cuenta de lo que se escribe en un periodo histórico, o bien registran una temática que ha sido abordada por diversos artistas, cada uno haciendo uso de sus armas narrativas o líricas: antologías del tema del amor, del tema policial, del abandono, la emigración, y tantos puntos de vista como antólogos haya dispuestos a sondear en los terrenos de la obra publicada por seres que muchas veces no se conocerán más que en las páginas de estos libros-reuniones.

¿Qué es, pues, habiendo dado estas fugaces definiciones, Historias de nunca acabar? Es un encuentro de nuevos autores de cuento costarricenses, un grito colectivo que presenta los actos de creación de 15 escritores que, aunque no constituyan la totalidad de quienes ven sus obras publicadas en el mundo editorial costarricense contemporáneo, son una muestra de lo que se escribe en estos tiempos y en esta latitud.

En Historias de nunca acabar encontramos a Heriberto Rodríguez, ganador de varias versiones de los premios de la Editorial Costa Rica; a Alí Víquez, avezado escritor con una sólida carrera como narrador; a David Eduarte, joven valor cuyos cuentos alcanzan altas cuotas de expresividad y dan mucho material para el pensamiento profundo, mediante el esperpento y lo kafkiano; a Luis Chaves, conocido y respetado por su papel de poeta, autor de una exquisita novela o Road poem, como el la llamó; a Mauricio Ventanas, autor de varios volúmenes de cuentos nacidos desde la observación aguda de la realidad que él transforma en imágenes lúdicas, con un desparpajo bien encauzado; a Manuel Marín, autor de varios libros de cuento que exploran la subjetividad y muestras la fragmentación de la realidad y que para ello utiliza un lenguaje selecto y preciso. Y así podemos seguir, hasta toparnos con Catalina Murillo y Jéssica Clark, dos sorprendentes escritoras, autora de culto la primera, novelista en ciernes de ciencia ficción la segunda, ambas autoras imprescindibles en el campo narrativo actual, en Costa Rica. La gama de propuestas es amplia y los abordajes son múltiples, lo que muestra que no solo las antologías son arbitrarias e incompletas: la realidad contemporánea es también constante ruptura, fragmentación y arbitrariedad, y estos cuentos no son más que el reflejo de las búsquedas que no están supeditadas a grupos o círculos (como ocurre en la poesía), sino a 15 particulares cosmovisiones y procesos creativos.

Historias de nunca acabar pretendió originalmente ser un muestreo de todos los autores costarricenses menores de 40 años que tuviesen algun título de narrativa publicado, especificamente en los géneros fictivos de novela o relato. Pronto nos dimos cuenta de que ese criterio cercenaba en dos a la generación de fin de siglo, que comprende autores nacidos entre 1965 y 1975 y que empezaron a publicar en los últimos 10 años del siglo pasado, dejando por fuera a algunos de sus más importantes exponentes. Esto nos llevó a desistir de la limitación de los 40 años de edad y ampliamos el criterio para incluir a todos los autores nacidos entre 1965 y 1985, que es la fecha de nacimiento del último autor de narrativa publicado a la fecha de la selección.

Ese nuevo criterio cubría la obra de las dos generaciones que quedan a horcajadas sobre el cambio de milenio. La primera, la generación de fin de siglo, incluye todos los autores nacidos entre 1965 y 19751, la segunda, la generación del milenio, incluye a los autores nacidos después de 19752, lo que nos daba un total de veinticinco autores. Entre estas y la generación que las precede hay un claro deslinde temático. En la generación de los sesenta o generación del desencanto3, como fue denominada en la periodización propuesta por Alvaro Quesada4, predomina una preocupación por la denuncia, la crítica social y las reivindicaciones de las minorías étnicas y sexuales visible en obras que rondan el desencanto originado en el fracaso de los proyectos revolucionarios de los sesenta y setenta y el surgimiento del neoliberalismo y políticas afines, y cuyas publicaciones inician en los años ochenta y aun se encuentran en plena producción literaria.

Distintos factores personales de los autores, de criterio editorial u otros incidieron en que la amplia selección tuviera que ser reducida a un muestreo más manejable y de un carácter más atento a las necesidades del público lector y menos a los aportes histórico-literarios. Esa difícil tarea de reducción nos ha dejado con una lista de quince autores, con obras de muy alta calidad, que presentamos a los lectores en esta ocasión. Pero no hemos querido dejar pasar la oportunidad sin incluir las listas completas de autores al pie de esta página o en los anexos bibliográficos que incluyen la producción literaria de los escritores pertenecientes a las generaciones comprendidas dentro del período escogido.

¿Cuál es, entonces, la realidad que viven estas nuevas generaciones de autores, que las ha llevado a producir ficciones escencialmente distintas a las de la generación anterior? El estado del arte, en lo que se refiere a los medios a disposición de los autores más jóvenes para publicar sus novelas y colecciones de cuento, no es sustancialmente distinto al de hace 20 años. La aparición de Internet ha fomentado el contacto entre los autores y la aparición de una nueva ola de crítica enfocada sobre la nueva producción nacional; sin embargo, esta plataforma no se ha convertido aún en un vehículo usual de publicación y distribución de las obras, más alla de la publicación informal para solicitar una retroalimentación incial de los lectores —ahí entran a jugar herramientas como los blog o bitácoras, las páginas de autor o los portales de difusión cultural. La Editorial Costa Rica (ECR) continúa siendo el bastión más importante para la publicación de autores jóvenes, muchas veces respaldados por el Premio Joven Creación de esta casa, y en otras por los Premios de Novela o Cuento o por la simple publicación en su catálogo. Las editoriales universitarias (EUNED, EUCR y EUNA) han también publicado obras de autores jóvenes e inéditos con una producción combinada similar a la de la Editorial Costa Rica. En proporción similar a las publicaciones realizadas por editoriales estatales está la tendencia a la publicación en editoriales privadas de menor tamaño, sea por medios propios o por financiación de la editorial misma; en esta modalidad, destaca el catálogo de Ediciones Perro Azul —en el cual figuran obras de muchos de los autores de estas generaciones—, y algunos proyectos como Tecnociencia o Uruk Editores. El punto débil del proceso editorial no es, como se puede ver, la producción misma de la obra publicada, sino, como siempre ha sucedido en nuestro país, la distribución, mercadeo y difusión del producto final, del libro como objeto de arte y de comercio. La limitada difusión, lectura y discusión de las obras ha ido reduciendo paulatinamente las expectativas del mercado en cuanto a la producción de ficción narrativa y consecuentemente haciendo necesarios tirajes de cada vez menos ejemplares. Este fenómeno ha también repercutido, paradójicamente de manera favorable, en nuestra opinión, en una carencia de directrices comerciales como las que constriñen a los mercados editoriales más fuertes, que limiten u orienten el proceso creativo hacia determinados cauces, algo que resulta evidente en la multiplicidad de enfoques que existe entre las obras de los antologados.

Este vacío de influencias y expectativas ha entonces propiciado muy distintos acercamientos al proceso creativo, lo cual pone en dramático entredicho el concepto de literatura nacional que parecería informar una antología como la que aquí se presenta. Las obras de los autores incluidos carecen de rasgos unificadores que permitan agrupar su conjunto formal o temáticamente, de modo que el calificativo ‘costarricense’ que utilizamos en la portada termina siendo tan arbitrario como cualquier otro de los que nos valimos para escoger los cuentos aquí reunidos, siendo que costarricense es simplemente la nacionalidad de los autores y no una característica de los textos. El imaginario mismo de los escritores se expande en estas generaciones más allá de los límites inmediatos de la patria y el locus de las narraciones se traslada al exterior, sea reflejando un desplazamiento entre periferia y metrópoli, o simplemente ubicando la narración en sitios urbanos no determinados y rehusando localizar físicamente la acción en sitios reconocibles del territorio nacional. Investidos de la ubicuidad que aporta la vivencia dentro de una cultura global que incluye la televisión satelital, el Internet y la proliferación de productos comerciales o intelectuales provenientes de otros sitios de la aldea global, la narraciones renuncian a habitar Costa Rica y se desplazan, en la mayoría de los casos, hacia afuera de las fronteras nacionales, o hacia el interior del individuo, lejos de lo inmediato del espacio geográfico.

Tenemos entonces que si espacialmente los límites se expanden o desvanecen, la edad de los autores repercute en las narraciones, circunscribiéndolas a la inmediatez temporal, desenvolviéndolas en la época actual, evitando la reinterpretación histórica —que es una tendencia reconocida de las literaturas contemporáneas centroamericanas—, y pasando de largo el problema de la cuestión tradicional de la definición de la identidad costarricense para adentrarse de lleno en el mundo como ciudadanos de lo estrictamente local, la nación de un único individuo o de la red globalizada e incorpórea donde a diario se lleva a cabo el comercio cultural de una nación nueva que no tiene territorio. Ante la carencia de requerimientos comerciales y bajo el influjo de la oferta inmensa de influencias culturales globales, es de esperar que el tratamiento de los temas no sea uniforme, y quizá en eso radique la verdadera riqueza de la obra de los autores de este período; su capacidad de abarcar una sorprendente amplitud de registros, temas y tonos que asemeja de algún modo a una explosión en un vacío cultural que se expande en todas las direcciones posibles y en completa libertad.

Historias de nunca acabar lleva en su título la justificación del trabajo emprendido por los antólogos de todas las generaciones: en el pasado algunos han agrupado y en el futuro otros tantos emprenderán una labor como la que hoy presentamos nosotros, algunos bucearán y analizarán, se sorprenderán y se convencerán de que la escritura de cuento y de narraciones en general —la mayor de las historias sin fin, condenada a repetirse— seguirán reflejando las vivencias o los intentos de fuga o la escisión o la fugacidad de lo que en el mundo y en nuestro territorio ocupe. Otros tomarán los instrumentos de grabación con manos firmes, resistiendo las tormentas virtuales y los cada día más estruendosos tumultos de los televisores y las páginas web, de los aparatos de reproducción de música y la alta fidelidad de los videos; así, entre los ruidos distractores, seguirán registrando los gritos aislados de quienes procuran que sus voces resistan la inclemente parafernalia de la posmodernidad, para presentarlas, ordenarlas, sorprenderse y sorprender.

1 La generación de fin de siglo incluye a Alí Víquez Jiménez, Mauricio Ventanas, Alfonso Chacón Rodríguez, Heriberto Rodríguez, Luis Chaves, Mario León Rodríguez, Catalina Murillo, Manuel Marín Oconitrillo, Jessica Clark Cohen, Juan Murillo, Laura Quijano, Marco Castro Rodríguez y Jose Rojas Alfaro.


2 La generación del milenio inlcuye a Camilo Rodríguez, Randall Roque, Laura Fuentes Belgrave, Guillermo Barquero, Alberto Jiménez, Antonio Chamu, Gustavo Adolfo Chaves, Carlos Alvarado Quesada, Jesus Vargas Garita, Warren Ulloa Arguello, Albán Mora, David Eduarte y Johann Schoenfeld.


3 La generación del desencanto incluye a Rafael Ángel Herra, Tatiana Lobo, Hugo Rivas (q.e.p.d), Jorge Méndez Limbrick, Rodolfo Arias, Ana Cristina Rossi, Alexánder Obando, Fernando Contreras, Carlos Cortés, Dorelia Barahona, Guillermo Fernández, Uriel Quesada, Rodrigo Soto, Sergio Muñoz, José Ricardo Cháves, Alfredo Aguilar, Vernor Muñoz y Jorge Ramírez Caro.


4 Álvaro Quesada Soto, Breve historia de la literatura costarricense, 1ª edición, San José Costa Rica, Editorial Costa Rica, 2008. pp 121-144. Véase también: Margaritra Rojas, Flora Ovares. 100 años de literatura costarricense, 1ª edición San José Costa Rica, Ediciones Farben, 1995. pp 207-252.

Prólogo a La ciudad de los locos


Juan José de Soiza Reilly

De Soiza Reilly cubrió, como corresponsal de La Nación de Argentina, la Primera Guerra Mundial; se desempeñó como profesor de historia en una escuela comercial de mujeres; trabajó en la industria de la radio, y en Argentina quizá esa sea la faceta por la que más y mejor se lo recuerde. De Soiza Reilly, además de estas y otras facetas, fue (es) un escritor de culto. Los títulos de sus obras son impactantes o al menos buscaban “espantar al burgués”, tomando en cuenta que el escritor argentino-uruguayo vivió en la primera parte del siglo XX, en una sociedad ciertamente conservadora: JesucristoEl alma de los perros; La ciudad de los locos; Criminales contra el talento; Buenos Aires tenebroso; Carne de muñecas, son algunos de los títulos de narraciones o textos misceláneos de de Soiza Reilly.

Por si fuera poco, no es desdeñable la precursoría con respecto a otro escritor de culto, mucho más conocido: Roberto Arlt. El autor de Los siete locos describió su primer encuentro con de Soiza Reilly en una de sus célebres aguafuertes, en 1930:


El muchacho mal vestido pasa. Lleva en sí una emoción tremenda. Va a hablar con el autor de El alma de los perros, de Figuras y hombres de Italia y Francia. Soiza Reilly es, en esa época, famoso entre los muchachos que escriben. Sus crónicas (...) han hecho temblar el alma de los poetas de pantalón corto y de los reformadores del mundo que aún no tienen libreta de enrolamiento. El que escribe estas líneas, quiero decir, el muchacho mal vestido, entra emocionado a la biblioteca escritorio, donde la criada lo hace sentar. No es para menos. “Va a leerle un escrito al gran Soiza Reilly”.


Esta edición de Adriana Hidalgo Editora, de Argentina, incluye varios textos del narrador, entre los que se encuentran novelas cortas, cuentos y guiones o comentarios ideados para las transmisiones radiofónicas. De entre todo lo que viene en esta cuidada y ciertamente bella edición (publicada con un enorme tino, al rescatar una figura única e irrepetible), me interesaba reproducir un texto impactante de de Soiza Reilly: el prólogo a La ciudad de los locos, que es una auténtica declaración de principios, una granada de mano, un (tenía que ponerlo) juguete rabioso.



Prólogo a La ciudad de los locos, 1914

Advertencias de mi honradez

Esta novela no podrá ser medida por las gentes normales. Los imbéciles no la comprenderán. Los que sólo creen en la belleza de la línea sin curvas dirán que fue escrita por un loco. Aquellos que para comprender a un personaje necesitan descripciones prolijas se horrorizarán. Los que para compenetrarse de la vida de los protagonistas novelescos han menester de la cronología, de la claridad, de la lógica y de la simetría deben encerrar este libro bajo llave. Tal vez sus hijos lleguen a conquistarse, por el refinamiento del dinero, el honor de entenderlo.

***

Debo repetir aún o que ya dije otra vez: MI LITERATURA podrá ser mala, amorfa, inútil, hueca, jactanciosa, pedante... Sí. Pero no podrá parecerse a las demás LITERATURAS. Es mía EN MÍ, como afirmó Rubén Darío de la suya. No me preocupa ser inferior a Juan de los Palotes. Pero “YO” quiero ser “YO”. No ser igual. ¡Ser diferente!... Como el hombre de las cavernas primitivas, me visto con mi pellejo. La médula de mi prosa yo la extraigo de mi propia médula...

***

Se habla de mi originalidad como de un disfraz carnavalesco. Es un error... Mis diez libros delatan en mi manera de expresión un estilo invariable. ¡Único! Mi técnica es mía...

***

No se crea que el estilo propio es el producto del talento o del genio. ¡No! Cualquier imbécil puede tener su literatura sólo con escribir tal como piensa. Sinceramente... Todos tenemos boca, nariz, ojos y orejas... Sin embargo, no existen dos hombres de igual fisonomía. Lo mismo debiera ocurrir con el estilo. Si todos los escritores tuvieran el coraje de ser independientes y no seguir los pasos del que llegó a la meta, nadie escribiría como los demás. El triunfo legendario de Cervantes nació de haber narrado la vida de Quijano tal como él la sentía. Su “estilo” fue el producto de su “sinceridad”. Bien lo dice en su prólogo:

Este libro está lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno.”

Mis frases acaban en puntos suspensivos. No son, como dijo algún crítico estéril, caprichos de la tipografía. Terminan así, evaporándose, porque yo quiero que terminen así, como el humo, las olas o las nubes. Es bueno que terminen así. Una de las más exquisitas bellezas de mi literatura está en que ella “sugiere” más de lo que “dice”. Los escritores que aspiren, como es justo, a desnivelarse de la vulgaridad no deben escribir únicamente para los ignorantes. Deben sugerir. Hacer pensar. Imponer la obligación de que los cerebros mastiquen. Que rumien. Que con sus propios dientes saquen jugo a las cosas que leen. Hay que dar al lector el principio del hilo. Que el lector trate de encontrar el ovillo... Si se niega a buscarlo por parecerle una labor muy ardua, que lea a Paul de Kock. O, mejor, que no lea... El progreso del mundo necesita del concurso de muchos dinamismos. Necesita la luz de la inteligencia y también la fuerza de los burros. Quien no pueda dar petróleo cerebral, cumpla la honrosa tarea de ofrecer la fuerza de su lomo...

***

Tiro este libro a la posteridad. Es decir, al Olvido. Mi estilo, mi audacia, mi altivez, mi locura, mi odio y mi risa me atraen, sin remedio, la envidia, la burla, el sarcasmo... Los espíritus superficiales y los escritores mediocres se mofarán de mí. No me importa... Mi gloria consistirá, simplemente, en que alguien un señor X o una señora Etcétera— exclame al leer La Ciudad de los Locos:

Nunca he leído un libro semejante...”


JSR, Buenos Aires, 28 de abril de 1914




miércoles 11 de noviembre de 2009

Cuentos en La Otra


Los invito a leer algunos cuentos publicados en la Revista mexicana La Otra.

jueves 5 de noviembre de 2009

Cayó el baldazo


Comencé a escribir El diluvio universal con una idea bien clara de qué quería hacer en esta novela, o más bien con una aproximación bastante fidedigna a los huecos a los que quería arrastrar al protagonista, un hombre de apellido Martínez. El comienzo decía exactamente esto: “Où maintenant? Quand maintenant? Qui maintenant? Sans me le demander.” Así comenzaba, en un florido francés, hasta que me di cuenta de que Beckett se me había adelantado en L´innomable. M*****, cómo a otro se le había ya ocurrido...

Procurando darle una vuelta de 180 grados (o 360, no estoy seguro del ángulo final al que quería llevar a este tipo), ensayé otro inicio: “Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé.” Pero no, en el libro no aparecería ninguna mamá ni ningún papá, ni se trataría de progenitores muertos y esas cosas que dan el éxito literario en la palma de la mano. Y estaba Camus, siempre Camus...

Me tuve que decidir por comenzar con una dedicatoria, que al fin y al cabo es lo más importante de esta novela. Bueno, y como no todo el resto es silencio, tuve que hacer un capítulo que se llamaba “Una especie de exordio”, en el que aparece esto:

Un hombre, un holandés de apellido Leewenhoek, en el siglo quince o en el dieciséis, observó formas diminutas a través de un aparato de su propia creación, compuesto de una serie de lentes pulidos con el más estoico empirismo de la prueba y el error...”

Y así por el estilo, hasta la página 285.

Detalles de la presentación y la distribución de la novela más adelante.

Seis propuestas para el próximo milenio


Italo Calvino


Italo Calvino nació en Cuba, en 1923. Murió en 1985, en Italia. Tiempo antes de su muerte, la Universidad de Harvard (tal como había hecho con Borges, T.S. Eliot y Octavio Paz, entre otros) le había encargado una serie de conferencias (siguiendo el clásico concepto magistral de las lectures; Norton Lectures en este caso particular) que habría dictar en territorio estadounidense; Calvino comenzó así la redacción de lo que llevaba el título de Six memos for the next millenium, un conjunto de seis conferencias que incluían los seis “valores que se han de salvar” en la literatura del siglo XXI. Los valores escogidos por Calvino salen de su naturaleza de apasionado lector y de escritor avezado y siempre experimental; de hecho, en algunos casos llama la atención su escogencia de grandes y antiguos clásicos para dar a entender sus puntos de vista (Lucrecia, Ovidio), que mezcla sin empachos y con una apertura envidiable con escritores del siglo XX como Jorge Luis Borges, Robert Musil y Thomas Mann. Calvino muestra con estas seis propuestas que solo del conocimiento de lo clásico y de las formas “correctas” nace lo experimental y lo “incorrecto”. He aquí las propuestas:

1. Levedad: se refiere a esa búsqueda de imágenes de levedad “como reacción al peso de vivir”. Calvino, enemigo acérrimo de la vaguedad, pide que no se la confunda con la levedad a la que él se refiere, que más bien es lo inmaterial de una descripción versus lo material del mundo. Tampoco esta levedad debe ser confundida con descuido o azar.

2. Rapidez: con esto hace una apología de los géneros que buscan, mediante la economía de medios, la máxima efectividad, como los folk-tales y las fairy-tales (los cuentos populares y los cuentos de hadas). Calvino, en este apartado, cita a Giacomo Leopardi, poeta italiano: “la rapidez y la concisión del estilo agradan porque presentan al espíritu una multitud de ideas (…) en sucesión tan rápida que parecen simultáneas”.
Calvino, como gran artista que era, como lector voraz y abierto, no desdeña la narración lenta y los mecanismos que retardan el final de las novelas o los cuentos. Incluso, estudia la rapidez no como contrario de la digresión y la dilación, sino como colaboradora, ya que la rapidez es agilidad para perderse y volver a encontrar el hilo en narraciones que parecen perderlo.
Calvino, al hablar de la rapidez, hurga en las formas cortas, en general (como el microcuento o el cuento como tal, cuando no es extenso), y lamenta que haya criterios de mercado que amenacen a estas formas, cada vez menos rentables desde el punto de vista editorial. Cito: “la demanda del mercado del libro es un fetiche que no debe inmovilizar la experimentación de formas nuevas…” (Más claro, imposible.)

3. Exactitud: Calvino, enemigo como se declara de la vaguedad, se preocupa porque le parece que “el lenguaje se usa siempre de manera aproximativa, casual, negligente.” Debido al influjo de los medios de comunicación masiva (mass-media), hay una dilución de los significados y las posibilidades expresivas, homogenización la cual debe ser contrarrestada por la literatura.
Según Calvino, no se puede ser vago en las descripciones, ya que las descripciones de la vaguedad son punzantes y precisas (paradójicamente). Yéndose al estudio de su propia obra, Calvino confiesa una “predilección por las formas geométricas, por las simetrías, por las series, por la combinatoria, por las proporciones numéricas…” (página 77); el escritor agrega que “no hay límite a la minuciosidad con que se puede contar la historia más sencilla.”

4. Visibilidad: Según Calvino, existen dos tipos de procesos imaginativos: el que parte de la palabra y llega a la imagen (esa especie de “cine mental” que filmamos al leer), y el proceso que nos lleva de la imagen a la elaboración con palabras.
Calvino afirma que, al idear un relato, “lo primero que acude a mi mente es una imagen (…) cargada de significado, aunque no sepa formular ese significado en términos discursivos…” (página 95). Siendo así las cosas, Calvino rescata la visibilidad como valor debido a que cada vez es más rara “la capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados”, mucho de ello provocado por el bombardeo desmedido de imágenes televisivas.

5. Multiplicidad: Calvino tipifica la novela contemporánea (sin criticarla negativamente, más bien ensalzando esta característica) “como enciclopedia, como método de conocimiento, como red de conexiones (…) entre las cosas del mundo.” En esta conferencia, Calvino cita a autores de enormes libros y de procedimientos heteróclitos y resultados polifónicos y monumentales, como Carlo Emilio Gadda (una suerte de “Joyce italiano”), Robert Musil, Marcel Proust, Flaubert, Perec y otros más.
No puedo sino suscribir esta arrolladora frase de Calvino, extraída de la página 115: “la excesiva ambición de propósitos puede ser reprobable en muchos campos de actividad, no en literatura. La literatura sólo sobrevive si se propone objetivos desmesurados, incluso más allá de toda posibilidad de realización.”
Para Calvino, el valor de la multiplicidad está representado en las novelas más apreciadas de hoy, aquellas que “nacen de la confluencia y el choque de una multiplicidad de métodos interpretativos, modos de pensar, estilos de expresión…”

6. Calvino nunca llegó a dictar estas lectures en Harvard; la sexta conferencia, además, quedó inconclusa y sin afinar; irónicamente, su tema iba a ser el de “El arte de empezar y el arte de terminar” los relatos y las novelas. Esther Calvino, al ordenar los papeles que Italo dejó tras su muerte, encontró este sexto valor y en esta edición se incluye.
Acierta Calvino al calificar el momento del inicio como un momento único en que “disponemos de todos los lenguajes” y en el que “tenemos a nuestra disposición el mundo (…) dado en bloque”. En ese primer momento (los antiguos invocaban a las Musas; en el siglo XIX se hacía una caracterización general del héroe; en el siglo XXI se desdeñan los prolegómenos innecesarios) está todo el mundo disponible para nosotros cortar una parte y novelarla; se trata de un “instante de distanciamiento de la multiplicidad de los posibles.”
Así como Calvino se refiere a los comienzos enciclopédicos (Musil) y cósmicos (Borges), entre otras clases que existen, hace referencia a los finales nítidos, indeterminados y, de nueva cuenta, cósmicos. Para el escritor italiano, hay muchos inicios memorables (El hombre sin atributos, El Aleph, El Quijote), pero son pocos los finales que se recuerda. En este sentido, se pregunta si el final es importante, cuando realmente todo fue dicho antes…

Seis propuestas para el próximo milenio es un libro sencillo, claro, abundante en citas y, sobre todo, abierto en las propuestas: no solo lo que escribe Calvino es importante, sino todo lo que no se le parezca. Recomendable, sobra decirlo. Además, como valor agregado, encontré en la página 101 una de las definiciones más concisas del posmodernismo que he leído:


“El post-modernism puede considerarse la tendencia a hacer un uso
irónico de lo imaginario de los mass-media, o bien la tendencia a
introducir el gusto por lo maravilloso heredado de la tradición literaria en
mecanismos narrativos que acentúen su extrañamiento.”

martes 6 de octubre de 2009

Personajes de ficción



Después de leer la entrevista que en The Paris Review le hicieron a Marilyn Boyd (Gustavo Chaves tuvo la amabilidad de mandarme un lujo de traducción que él mismo hizo), me entró la curiosidad por leer entrevistas hechas a, digamos, maestros más conocidos que Boyd (ella, como buena escritora fuera de todo canon posible, y particularmente del de la literatura estadounidense de entreguerras, no revelaba este tipo de secretos, además).

Las entrevistas de la serie “The art of fiction”, de The Paris Review, son reveladoras y profundas, didácticas y ágiles (o trabadas, dependiendo del entrevistado). Las hay enormes y multitudinarias, como la de Jack Kerouac, con voces de otra gente metiéndose, comentarios a propósito de nada y un sinfín de desvíos y desvaríos; las hay elegantemente contestadas, como la de Nabokov, que exigió poder escribir las respuestas, porque sabía que la única forma de domar su inglés artificial era a través de la palabra escrita; la de Faulkner, por poner otro caso, es sencillamente genial, un auténtico material de aprendizaje para el escritor joven, así como la hecha a Cynthia Ozick; las hay abundantes y llenas de detalles exegéticos que a uno siempre le han interesado, como la de Allain Robbe-Grillet; hay otras como la hecha a Isak Dinesen (la baronesa Blixen), en varias sesiones, lenta y sabia, olvidada de las molestias de la vida moderna.

Un asunto muchas veces tratado y que es a la postre el sostén de las ficciones, es la génesis de los personajes, o la relación de estos con su creador, ese demiurgo que hace lo que le da la gana en un planeta inventado a fuerza de ventriloquia y actos de titiritero. Aquí van algunos fragmentos en los que se trató este tema, siempre interesante para el escritor de ficción:

(en la dirección http://www.parisreview.com/, en la sección de entrevistas, hay muchas más, algunas de ellas en PDF, otras solo en pantalla, y otras solo como extractos (la de Céline y la de Gaddis, por ejemplo)

The art of fiction 91 (1986), Shusha Guppy entrevista a Allain Robbe-Grillet

INTERVIEWER
Henri de Corinth appears in several of your novels and now in your autobiography, where he is a family friend. Is he based on someone you knew?
ROBBE-GRILLET
I almost think that I have known him in real life; at the same time I can believe that my grandfather is someone I have invented. All these characters, whether real or imagined, make up the content of my imaginary world. It doesn’t matter which has been born of experience and which belongs to the imagination. I would be sad if I had to differentiate—I don’t live like that. But I can tell you how I arrived at his name (…) I am certain that a novelist is someone who attributes a different reality-value to the characters and events of his story than to those of “real” life. A novelist is someone who confuses his own life with that of his characters…

The art of fiction 62 (1976), Annette Grant entrevista a John Cheever

INTERVIEWER
Do characters take on identities of their own? Do they ever become so unmanageable that you have to drop them from the work?
CHEEVER
The legend that characters run away from their authors —taking up drugs, having sex operations, and becoming president— implies that the writer is a fool with no knowledge or mastery of his craft. This is absurd. Of course, any estimable exercise of the imagination draws upon such a complex richness of memory that it truly enjoys the expansiveness —the surprising turns, the response to light and darkness— of any living thing. But the idea of authors running around helplessly behind their cretinous inventions is contemptible.

The art of fiction 40 (1967), Herbert Gold entrevista a Vladimir Nabokov

INTERVIEWER
E.M. Forster speaks of his mayor characters sometimes taking over and dictating the course of his novels. Has this ever been a problem for you, or are you in complete command?
NABOKOV
My knowledge of Mr. Forster’s works is limited to one novel, which I dislike; and anyway, it was not he who fathered that trite little whimsy about characters getting out of hand; it is as old as the quills; although of course one sympathizes with his people if they try to wriggle out of that trip to India or wherever he takes them. My characters are galley slaves.


The art of fiction 14 (1956), Eugene Walter entrevista a Isak Dinesen


INTERVIEWER
Yes, indeed. In a tale, the plot is all-important, isn’t it?
DINESEN
Yes, it is. I start with a tingle, a kind of feeling of the story I will write. Then come the characters, and they take over, they make the story. But all this ends by being a plot. For other writers, that seems an unnatural thing. But a proper tale has a shape and an outline. In a painting the frame is important. Where does the picture end? What details should one include? Or omit! Where does the line go that cuts off the picture? People always ask me, they say, “In ‘The Deluge at Norderney,’ were those characters drowned or saved at the end?” (You remember they are trapped in a loft during a flood and spend the night recounting their stories while awaiting rescue.) Well, what can I reply? How can I tell them? That’s outside the story. I really don’t know!

The art of fiction 21 (1958), George Plimpton trata de entrevistar a Ernest Hemmingway

INTERVIEWER
We’ve not discussed character. Are the characters of your work taken without exception from real life?
HEMINGWAY
Of course they are not. Some come from real life. Mostly you invent people from a knowledge and understanding and experience of people.
INTERVIEWER
Could you say something about the process of turning a real-life character into a fictional one?
HEMINGWAY
If I explained how that is sometimes done, it would be a handbook for libel lawyers.
INTERVIEWER
Do you make a distinction—as E. M. Forster does—between “flat” and “round” characters?
HEMINGWAY
If you describe someone, it is flat, as a photograph is, and from my standpoint a failure. If you make him up from what you know, there should be all the dimensions.


The art of fiction 29 (1963), Barbara Thompson entrevista a Katherine Anne Porter

INTERVIEWER
Has a story never surprised you in the writing? A character never taken a different turn?
PORTER
Well, in the vision of death at the end of “Flowering Judas” I knew the real ending —that she was not going to be able to face her life, what she’d done. And I knew that the vengeful spirit was going to come in a dream to tow her away into death, but I didn’t know until I’d written it that she was going to wake up saying “No!” and be afraid to go to sleep again.


Para terminar —porque viene al caso— dejo la idea de creación de personajes del gran narrador español Miguel Delibes. No es de The Paris Review, sino de la edición comentada de El camino, de la editorial Destino. Vale la pena el comentario del español:

“El novelista auténtico tiene dentro de sí no un personaje, sino cientos de personajes. De aquí que lo primero que el novelista debe observer es su interior. En este sentido, toda novela, todo protagonista de novela lleva dentro de sí mucho de la vida del autor… (…) Por encima de la potencia imaginativa y el don de la observación, debe contar el novelista con la facultad de desdoblamiento: no soy así pero pude ser así”