Con el siguiente texto presenté, hace algunos meses (en el marco del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica) la recopilación poética de Lucía Estrada, El círculo de la memoria.El pájaro dorado y la tosca piedraConstantin Brancusi, escultor rumano afincado en París por muchos años, esculpió entre 1910 y 1912 una de sus obras maestras: la
Maiastra, el pájaro dorado que constituye la explicación brancusiana del poder de las aves, la intuición artística de la potencia del vuelo. Esta escultura es una conjugación de imágenes primitivas e inacabadas —la base de la obra, su sostén de cariátides—, y la monumental y pulida efigie del pájaro, concreta y dinámica, el vuelo dorado. Pensar en esta obra maestra del rumano es un buen punto de inicio para leer la poética de Lucía Estrada (Colombia, 1980), tejida con elementos concretos que no remiten a una realidad inmediata, que tiende a rehuir la anécdota cotidiana y se sumerge en la vaporosidad de caminos espinosos y noches de sueños eternos. “Avanzo entre la escarcha. Del suelo crecen agujas, las aparto. (…) Aprendo entonces de las arañas. Sujetarse al propio vértigo entre las puntas de mercurio.”, se lee en el poema XXX de
Maiastra, justamente el nombre que nos remite al dinamismo del vuelo conjugado con las imágenes de lo más primitivo e inacabado, el encuentro de los atavismos con las preocupaciones de la modernidad.
Si podemos afirmar que Lucía construye agrestes paisajes en los que la huida, el sueño y la espina (la sangre como consecuencia, el extravío como encuentro) confluyen y denuncian, no podemos decir que El círculo de la memoria esté fabricado con la misma textura en cada una de las páginas. Este es un libro que recorre trece años de creación poética de esta voz onírica pero jamás hundida en devaneos sin sustancia, de esta voz que no se cansa de preguntarnos y desnudarnos en ausencia de respuestas: “Qué” demandaba en su adolescencia, cuando intentaba dar forma a una pulsión necia en busca de salida; “cuánto” pregunta ahora, “quién” o “quiénes”, diciéndonos que será el viento el que nos responda tan horribles realidades.
Si tenemos que el sueño —como huida, como paliativo ante lo horrendo cuando no es pesadilla— y el duermevela transitan por toda la antología, también encontraremos resoluciones y búsquedas diversas en cada etapa del desarrollo de esta voz poética.
El círculo de la memoria es un testimonio fidedigno de una búsqueda que no cesa y que, como cabe esperar, se adensa, se vuelve pesada, se carga de múltiples significados.
Fuegos nocturnos (1995-1997) es el primer territorio de búsqueda de una jovencísima Lucía, ese primer tanteo en el que el poema mismo se escribe dentro del poema:
Cada poema un desafío al ojo atento en el instante justo de la caída.son los versos finales de
Círculo del poema: el énfasis en la fugacidad de un sueño y la mano diestra y el oído atento de la poeta que está en el mundo para cazar sus versos y mostrárnoslos, que sabe que ese instante de las diminutas epifanías es único y debe asirse y transcribirse a riesgo de que escape del poema en un éxodo de polvo; ese pájaro dorado que ha iniciado la salida desde un huevo monumental de noche y angustia. En estos primeros poemas, Lucía convoca a la palabra, a la fortuna, a los números que están “en cada calle, en cada cuerpo, en cada nombre”.
Posteriormente, se nos presenta la
Noche Líquida de la poeta de Antioquia, una serie de poemas sin título cuyos encabezados de asteriscos como pequeñas coronas espinosas permiten leerlos como un continuo. Es esta una selección que traza un recorrido por lo oscuro y por el sueño, por la noche que se reinventa: “reinvento la noche (dice un fragmento), /y con ella/ la grafía inconclusa de los cuerpos”. Y reinventa la esperanza y la pérdida y la muerte. Aquel instante fugaz en el que se toma o se deja el brillo de un verso escrito en el imaginario sin haber sido trascrito se traslada a este territorio limítrofe, a esta “noche a través de la noche”. No son poemas de lo cotidiano despierto, pero sí de la apabullante cotidianidad del sueño.
Grimorio, de 2001, es una suerte de viaje por los terrenos de “lo que se oculta tras el bosque”, lo que requiere ser desvelado, lo que un manto esconde y precisa ser visibilizado. Hay aquí buscas, sombras, máscaras, la revelación “del ojo ambiguo de los muertos”. Los poemas de
Grimorio son de versos cortos y de encabalgamientos vertiginosos:
en la belleza de ir —comienza un verso a nuestra izquierda—
tras un animal que ha muerto —remata a nuestra derecha—
La máscara de hueso se niega a revelar si los rasgos que oculta son los de un dios —por un lado—
o los de una bestia —en el lado opuesto—
Es este un libro de fórmulas mágicas, un auténtico grimorio con inusitadas imágenes que de nuevo nos remiten a la conjunción de la piedra tosca con la superficie ultralisa del pájaro de fuego: una medianoche de pájaros, un ojo ambiguo, una máscara de hueso son objetos cuasi oníricos que transitan en este tortuoso camino que arrastra a la voz poética hasta la muerte, esa “hiedra que no se detiene”, ese “terror de ángeles sin boca”.
La selección de
El círculo de la memoria es cronológica, y esa cronología es cambio, evolución, búsquedas nuevas y nuevos lotes otrora baldíos, ahora llenos con versos cargados, pilares que andamian esa obra de la poeta que halla nuevos cauces y se multiplica. Maiastra, una selección de los años 2003-2004, es un continuo de poemas que adquieren la forma de la prosa; y en esa historia que parecen contar, la palabra es la privilegiada, y la artista que la logra cazar en su salida de las bocas.
Hay una mano perdida para la escritura, otra que la rescata. No la teje, sólo cuida de la verticalidad del sueñodice el poema XXI de Maiastra. Acá, la pasión por la palabra que no describe sino que sugiere ha adquirido el valor de bloques polisémicos que remiten a los versos albertianos de un furioso surrealismo, con la diferencia de que lo que Alberti es un gusto frío por fenómenos biológicos o visuales, en Lucía es candor e intención que se aleja de lo automático: la palabra como reivindicación, la palabra que seca maderos y los vuelve combustible y los transforma en fuego; el verso como eterna búsqueda, como la historia de una mujer que se ve sumida en un estado febril que la carga de imágenes: “legiones de ahogados”, “corona de cuervos”, “sílabas sumergidas”; todos remiten a los numerosos obstáculos con el que se topa este pájaro que emprende el vuelo, y que al final sale airoso:
Y así como el coloso inmóvil, sus pies en ambas orillas, la palabra se abrirá al paso de las olas, y el arriba y el abajo, el mar golpeará con fuerzaleemos en el poema XXXIX de la selección. La voz de la poeta triunfa.
Y, qué mejor uso se le puede dar a la palabra que para llenar las voces desgarradas de los muertos, para llevar del margen al centro a las mujeres de
Las hijas del espino (poemas de 2004-2005), otro de los libros incluidos en esta colección, y al que Juan Manuel Roca, poeta colombiano, describió como “uno de los más bellos libros que se hayan escrito en Colombia (…) Sutil, dulceamargo, reposado, evocador e inquietante”.
Este es un grupo de poemas con nombres de mujeres cuya historia ha quedado cubierta por el todopoderoso manto de las vidas de sus maridos o amantes, célebres compositores o escritores o escultores (Rodin, Richard Wagner, Rilke). En
Las hijas del espino, Alma Mahler pulsa cuerdas invisibles, Cosima Wagner ofrece sus ojos “al paso de la yegua nocturna”, June Miller simula olvidarse “frente a un mundo de puertas cerradas”, Mary Shelley se grita como materia blanda sin lenguaje, Camilla Claudel está encarcelada en la flor de la locura convertida en piedra, suplicante, arrodillada. No son estos poemas complacientes panegíricos o meros discursos laudatorios, sino demostraciones de que la lucha feminista —como la misma poeta lo ha externado— no es la de la beligerancia gratuita, sino la de la voz que se les otorga a las mujeres que en vida apenas si ensayaron murmullos. Lucía erige monumentos de palabras en honor de estas mujeres, reivindicándolas.
Si sumamos estas selecciones a los versos más recientes de Lucía, incluidos al final del volumen, nos terminamos de dar cuenta de que estamos ante una poeta contundente que nos desvela estatuas que llegan a inquietarnos, que mete sus manos en cavernas cuya apariencia interna es un ojo, una espina o un animal nocturno. O una mujer, una máscara o un cuerpo fallecido. Son poemas contestatarios, poemas que nos retan y nos piden explicaciones, “¿qué palabra cristalizó la lengua de los muertos?”, se nos pregunta a quemarropa. .Lucía Estrada no trata la realidad y la transcribe sin antes tamizarla en un filtro que la despoja de lo baladí o lo inmediato, o lo que llamaríamos “la realidad bruta”. Para Lucía el poema es eso que la voz de Crescence Eugénie Murat dice de esta forma:
Nada se revela más oculto / que lo cercano, / aquello que miras sin mirar, / las palabras dichas / desde siempre.La poesía de la colombiana es, de esta manera, el prodigio de una mirada que atraviesa paredes, estados de consciencia, que busca tumbar resistencias y metérsenos con su filo en regiones que pocas veces nos son agitadas. El lugar de la mujer en el mundo, el grito de un muerto cuya voz es solo memoria, las palabras y su tránsito veloz que requiere ser congelado por la voz oportuna de una poeta que no edulcora, que no adorna en exceso sino que calibra las imágenes, su horror y su belleza en partes iguales. Esos son apenas algunos de sus tópicos. Y en ellos confluye lo tosco de la piedra, lo acabado del oro de un pájaro que ya hace tiempo levantó vuelo, brillante, sin concedernos respiro.
Belén, Heredia, mayo de 2009
Esta edición: El círculo de la memoria, Fundación Casa de Poesía (Costa Rica), 2009. 78 pp.