Héctor Chavarría
“Y, en serio, se debe estar loco, para emprender la inmensa tarea de cambiar el podrido mundo actual”, reza el narrador de El día del silencio, novela del costarricense Héctor Chavarría, publicada bajo el sello de Andrómeda. Si hay que estar loco, como asegura el narrador, para cambiar el podrido mundo actual, no hay que estar más cuerdo para caracterizar la locura urbana de la Costa Rica contemporánea, el desorden de ciudades construidas sin criterios estéticos, los vicios a los que el poder desmedido de unos pocos ha arrastrado a muchísimos; en fin, no es fácil describir a carta cabal la descomposición social del país (y del mundo, como Chavarría intenta a ratos) producto de las clases político-económicas dominantes.
La trama de El día del silencio, debido a que carece de grandes y abundantes acontecimientos dramáticos, no es difícil de resumir en pocas palabras (lo que sigue es un descarado spoiler para quien quiera leerla, pero es que el resumen total es necesario): un hombre nacido en alguno de los pueblos de la Costa Rica rural, debe mudarse a San José para que su vida trascienda y para que salga de la miseria a la que el pueblo podría condenarlo; en la capital, completa su educación formal, graduándose de ingeniero en sistemas. Con título en mano, entra a trabajar en una transnacional que fabrica componentes de computadoras; en este sitio, se da cuenta de que los pueblos están conducidos por una suerte de demoníaco poder económico, proveniente de un imperio que lleva sus maquilas a los países tercermundistas. Se rebela contra el sistema (que le permitió ahorrar una cantidad sustancial de plata, que deja a su familia para la manutención, no sabemos si a largo plazo) y, después de reclutar (con un sistema basado en el silencio y en el poder de una especie de magnetismo omnímoda) a una pandilla de jóvenes en el pretil de la UCR, con los que emprende un viaje iniciático por prácticamente todo el territorio costarricense, se da cuenta de la descomposición de la sociedad, la fealdad de la arquitectura, la invasión de las huestes imperiales. Tras el viaje, este sujeto, a quien se le llama La Esperanza desde el momento en que inició su viaje trascendental, esgrime un plan para tomar la Isla del Coco, desde la cual envía un mensaje al mundo: el silencio es la clave para el fin de los problemas de la humanidad. La Isla del Coco es rebautizada la Isla de la Esperanza, se funda un gobierno mundial con varios preceptos constitucionales, dando origen a la comuncracia; se realiza una jornada mundial de silencio puro, 72 horas sin palabra humana alguna; la armonía entre animales, hombres, edificaciones y dioses de quién sabe qué religiones o entes de quién sabe qué sistemas sociales y políticos, está asegurada con solo que los millones de habitantes del mundo cerraran la boca.
Fácil de resumir, pero muy difícil de digerir. Chavarría, en El día del silencio, pretende dejar claro el mensaje de que existe una fuerza en el universo capaz de conducir a los seres que encuentren ese tremendo impulso energético, a un estado de perfecta armonía, de hermosa paz, de bella esperanza. Los adjetivos anteriores no fueron puestos en vano: en la novela abundan epítetos como “bello”, “heroico”, “divino” y hasta “bendito”, para referirse a los seres que buscan la emancipación y la ejecutan, y para describir cada una de las actuaciones de la pandilla de jóvenes liderados por La Esperanza, aquel ingeniero en sistemas cuyo cerebro fue programado años atrás para perpetuar el funcionamiento de la maquila electrónica.
Si todo aquello que estos estudiantes universitarios y su guía u gurú ejecutan es exquisitamente celestial, todo lo externo (las instituciones, las creaciones humanas, los pensamientos) está tocado (casi) irremisiblemente por la mano diabólica de las transnacionales, el mil veces mentado Imperio, los políticos uniformemente corruptos. “Malvado” y “maldito” son dos adjetivos usados hasta la saciedad por el narrador (y por Chavarría, claro está) para definir todo aquello con lo que se topan los salvadores del universo... Eso de salvadores del universo es literal: la gavilla (como se le llama en muchas ocasiones, a lo largo de la novela) secuestra, después del periplo emprendido por el territorio nacional (a este respecto, el viaje al Cerro de Chirripó, punto más alto del país, en compañía del llamado Indio Toño, es particularmente importante, les permite ir encontrando el poder descomunal de la energía del silencio; este personaje se une a la pandilla y los acompaña hasta el final), una embarcación en Puntarenas, con la que se dirigen a la Isla del Coco, sitio en el cual instalan una red informática mediante la cual se comunican con el planeta entero, planteándole la necesidad de una inédita jornada de silencio. Estos seres sabios y grandiosos serán nada más y nada menos los responsables de enderezar los destinos de toda la población mundial.
Antes de este violento secuestro y la sucesiva toma del territorio de ultramar, se habían topado con un personaje que termina siendo crucial: Amadeo, un arquitecto que, años antes, había presentado a los sucesivos gobiernos costarricenses una serie de propuestas de reordenamiento urbano, acordes con los mandatos simples y claros de la Madre Naturaleza (sencillez, ausencia de pretenciosidad). La embajada de la Isla de la Esperanza va a tener su sede en San José; Amadeo es el embajador y enlace entre este pedazo de tierra y el mundo entero. La Embajada de la Isla de la Esperanza es —al igual aquello que la propia novela de Chavarría pretende denunciar— “un escape del estrés cotidiano, el alto costo de la vida, los engaños del Ejecutivo, la corrupción total, la charlatanería del Presidente y su gabinete, los chistes babosos, la vagabundearía, el cinismo, la entrega de la Patria, las subidas diarias del combustible, los impuestos, la globalización, el TLC…” Desde allí parten las órdenes, desde ahí se logra cambiar el mundo.
A la par de un argumento extravagante, se tiene el estilo no menos particular con que Chavarría nos narra esta serie de aventuras: sus descripciones tienden a perderse en un mar de indeterminación (efluvios energéticos que vuelan por los aires y nos tocan con su gracia); sus personajes hablan en un tono que parece sátira pero que termina siendo una monocorde manera de expresarse, grandilocuente y falsa; dos ejemplos, tomados de entre muchos otros, ilustran este punto:
“...ahora sí el pura vida lo siento dentro de mí; antes no, el oficio sin gusto, sólo apegado a la necia necesidad, te embarra de tristeza, desazón y estrés. Ahora soy diferente. Vivo, amigo. El lustre negro del betún es un rayo hacia metas sencillas y sublimes” (palabras de un limpiador de zapatos a Amadeo, en el Parque Central; p. 257)
“me desgarra el alma tu noble belleza, estás creada para otros mundos; tú, la Esperanza, tu carnal del alma, Mario, Jorge, Rodolfo y Katia, jamás serán comprendidos y menos atendidos por la jauría salvaje llamada ser humano.” (palabras de Amadeo a Laura, una de las estudiantes de la pandilla; p. 149)
Adicionalmente, el dramatismo de algunas escenas y algunas intromisiones del narrador se antoja excesivo; nos quiere dar una lección, nos quiere adoctrinar mientras nos enseña el paisaje de nuestra geografía:
“...hablen, negros de Limón, platiquen (…) En verdad, Limón querido, poco o nada le debes al tal banano. Si se hace una balanza es este el que te ha partido el alma en cien pedazos, envenenando los suelos y empobreciendo el alma y el espíritu de los limonenses” (p. 69)
“¡Oh, Guanacaste eterno! La perfidia humana marcó tu sagrado suelo de horrores, tus caminos abrazan la perdición total, malditas las huellas ingratas que te marcaron de deforestación y desidia...” (p. 72)
La novela de Chavarría puede ser leída como un libro de autoayuda novelado (todo está mal en tu vida; usá estas herramientas y saldrás del hueco), un manual de buenas costumbres (el silencio como precepto máximo, omnipotente), un libro dueño de una fina y bien lograda ironía (con un ¡PLOP! final antológico), un texto sagrado que debería marcar el recorrido futuro del hombre sobre el planeta Tierra (mesianismo; ascenso a los cielos, literalmente), impresión que se refuerza por la ausencia de un gran giro en la trama que permita la disención, el punto mínimo de maldad ante los abrumadores cambios positivos que la jornada de silencio produjo en todos los seres humanos de cada uno de los continentes. Cuando en Amadeo surge una ligera duda, se disipa con más y más palabras de paz, amor, solidaridad, perfección y belleza. Otra lectura: un libro de los buenos buenos contra los malos malos.
Esta edición: El día de silencio, Editorial Andrómeda (Costa Rica), 2008. 284 pp.


